Noche de Bulat Okudzhava

Esperábamos con ansiedad la velada dedicada a nuestro favorito cantautor Bulat Okudzhava. El 19 de noviembre, en una de las salas del Colegio de Médicos y Cirujanos, se reunieron los compatriotas no indiferentes al arte de este bardo soviético, que estuvo en la cima de su popularidad durante largos años, prácticamente desde los 50 hasta los 90. Esa noche celebramos una fecha importante: veinte años desde el fallecimiento del poeta.

Cada uno de nosotros había conocido la obra de Okudzhava de diferentes maneras: uno lo escuchó en una fiesta de estudiantes, otro, visitando a sus amigos o escuchado las canciones en un disco de acetato que había comprado en la tienda. Aunque la mayoría de las grabaciones de Okudzhava no se publicaron, sino se distribuyeron por el método de reescribir cintas magnéticas. En aquellos años nosotros, siendo niños, con deleite escuchábamos esa clase de “sedición” como: “mientras nuestro sultán loco nos promete camino a la cárcel”, “pero en nuestra casa huele a hurto”, “a cada persona inteligente una vez se colgó una etiqueta…” Y cuando ya hemos crecido, nos impregnamos de su profunda filosofía en la “Oración de Francois Villon”, “Canción sobre Mozart”, “Soldadito de papel” y decenas más, canciones sabias y buenas, sobre la vida y la muerte, el amor y la traición, la amistad y el olvido. Por supuesto, Okudzhava no es un cantante de protesta, para nada, eso fue imposible en aquellos años cuando la gente pronunciaba los discursos críticos solo entre su familia y amigos, sentado en su cocina. Pero captamos ciertas notas con un oído sensible.

Bulat Okudzhava tenía muchas razones para ser “anti”. Su padre, un devoto bolchevique-leninista, realizaba con éxito el trabajo dirigente en el partido, tanto en la capital como en su ciudad natal Tiflis y luego en los Urales, ciudad de Nizhny Taguil. Pero las terribles piedras de las represiones de Stalin molieron toda la familia: en 1937, por una falsa denuncia, su padre fue arrestado y fusilado, cuando Bulat tenía sólo 13 años de edad; y al año siguiente también arrestaron a su madre, como la esposa del “enemigo del pueblo”. El adolescente se quedó con su abuela en Moscú, en la calle Arbat. El poeta siempre consideró a esta calle como su hogar, amaba mucho el centro de Moscú y dedicó muchas canciones hermosas a estos lugares.

El domingo pasado, en la velada conmemorativa, los que querían cantar las canciones de Okudzhava superaban por mucho la disponibilidad del tiempo. Los presentes conocieron la biografía del poeta y escucharon los emocionales comentarios de Marta Rein de que “el poeta, a pesar de todas las dificultades y vicisitudes de la vida, nunca perdió el gusto por lo bello, por una hermosa mujer, un vino de uva y el amor de los amigos. Siempre se vio a sí mismo como un hombre guapo, caminando orgullosamente por el Arbat, envolviendo su cuello con un pañuelo de seda; él estaba por encima de todas las pequeñas cosas molestas …”

Al final, todos disfrutamos una copa de vino y sándwiches. Después de todo, no venimos a cenar, sino a acercarnos a los maravillosos sonidos de la poesía y la música de Okudzhava.